Hoy, por fin, después de un mes, puedo hablar de la pérdida de mi hermano mayor, Miguel, sin echarme a llorar. Miguel fue el arquitecto que hizo la bodega y la casa en Santa Marta, y hace algo más de un mes nos dejó por culpa de un infarto; así, sin más.

Se fue sin avisar, como era su costumbre; y no tuvimos posibilidad de despedirnos. ¡Cuánto te echo de menos, hermanito!

Aunque me considero una afortunada, pues estos últimos días que hemos pasado en la bodega me he dado cuenta de que cada rincón de la bodega, cada detalle de la casa, del jardín, de los porches, me recuerdan a él y eso me hace pensar que, de alguna manera, va a seguir siempre presente entre nosotros.

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Tranquilos, hijos, que no voy a convertirle en un santo ahora, claro que no. Para mí era un genio y, como todos los genios, tenía un carácter bastante difícil y había que respetar sus tiempos de inspiración y, sobre todo, de falta de inspiración. Por eso, si tenías prisa en hacer una obra, mejor no contratarle. Pero yo le conocía muy bien y no me importaba y, afortunadamente, a Javier tampoco (al contrario, se entendían divinamente); ambos sabíamos que cuando le llegara la ansiada iluminación iba a crear algo único, excepcional y grandioso, y siempre cargado de sentido común. Y el día del funeral me di cuenta de que no éramos los únicos que lo pensaban porque pocas veces he visto tal cantidad de amigos, muchos de ellos clientes, que no sólo lamentaban la pérdida de un amigo, sino de un auténtico maestro de la arquitectura.

Cuando le encargamos la bodega, Javier y yo teníamos muy claro que queríamos que fuera algo práctico y funcional y así lo entendió desde el primer momento y así lo plasmó en los planos que nos propuso. Ya tendría tiempo de lucirse después al hacer la casa, tres años después, cuando le pedimos que nos hiciera una casa espectacular pero acogedora, y ahí sí que se dedicó a hacer planos y planos hasta dar con lo que le parecía adecuado para su hermana y su cuñado.

Y tardamos tres años en construir la casa porque, para él, los detalles eran lo más importante y no todos los obreros eran capaces de construir con tanto detalle. Y se desesperaba con todos cuando veía que no le entendían. Y se ponía a enseñarles cómo enyesar a mano, cómo colocar unas ventanas o poner una tarima… y ellos le miraban como si fuera un extraterrestre porque le consideraban “el arquitecto”, pero todos acababan admirándole como se admira a un genio y terminaban aprendiendo algo nuevo y agradeciéndole que compartiera sus conocimientos con ellos.

Muchas veces pienso en los buenos ratos que pasamos hablando con él y con Pergen, su mujer, de cómo queríamos la casa. Él con una cerveza… o varias; Javier, Pergen y yo con una copa de vino… o dos o tres.

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A partir de ahora seguiremos reuniéndonos con Pergen, ya solamente tres y solamente con vino, pero seguiremos hablando de todos esos detalles que hicieron esta casa: la cenefa de uvas del porche, el reloj de sol de la fachada, el pilón del patio de entrada, la simetría de todas las plantas que decoran el patio, las puertas de hierro y cristal con masilla (sí, tenía que ser con masilla y no con silicona, y no había quién supiera ponerla sin dejar los cristales llenos de churretes), las cadenas colgando de los canalones para que no salpique el agua… en fin, todos esos detalles que hacen a un maestro.

Sé que mi hermano Miguel estará vigilando nuestras futuras obras desde el cielo… pero Santa Marta siempre será una de sus grandes obras, y nosotros procuraremos conservar para siempre su estilo.

-María