Desde que creamos este proyecto, Javier y yo nos propusimos que nuestro equipo tuviera la mejor formación posible para trabajar los viñedos y qué mejor manera que llevarlos a conocer otras zonas, otras variedades y otras formas de cultivar las viñas. Por eso, cada año tratamos de viajar a alguna zona muy diferente, que les enriquezca y les ayude a formarse, al tiempo que pasamos tres días conviviendo tranquilamente, sin presiones, lo que también es muy recomendable para cualquier empresa.

La Rioja fue de las primeras zonas que visitamos, pero como lo hicimos hace más de diez años y no estaba el equipo al completo, decidimos repetir este año y visitar otras bodegas que entonces no habíamos visitado. Otros años hemos viajado a Jerez, Galicia, Priorato, Burdeos o el Douro. Sabemos que nos faltan muchas zonas, en España y fuera de ella, pero esperamos tener tiempo y salud para visitarlas todas, o al menos la mayoría. Hemos tenido la suerte de que en todos los viajes nos han enseñado las mejores bodegas y los mejores viñedos de la zona, y de que siempre nos han tratado de maravilla; algunas de esas bodegas nos han devuelto después la visita, dándonos así la oportunidad de volver a verlos y poder corresponder a todas sus atenciones, siempre difíciles de superar.

Este año decidimos repetir La Rioja, para enseñar a los que aún no habían estado, la región que ha dado nombre internacionalmente al vino español durante muchos, muchos años. Es la D.O.C. más antigua de España y no hay un riojano que no tenga algún pariente que haya cultivado viñas desde tiempos inmemoriales. Es una zona privilegiada, que a Javier y a mí nos trae muy buenos recuerdos porque estuvimos viviendo allí varios años y fue una de las etapas más felices de nuestra vida: nuestra hija María nació en Logroño, hecho del que se siente muy orgullosa y aprovecha cualquier ocasión para decir que ella es riojana; Marta tiró sus chupetes al río Ebro (para dárselos a los patitos) y se pasó recordándolo cada vez que pasábamos por el puente, durante mucho tiempo; y es donde empezamos a pensar en este proyecto de vida que iniciamos en 2003… en fin, que si empiezo con las anécdotas no termino… ¡sigamos con el viaje!

Salimos de Santa Marta el día 28 de febrero para llegar a comer con Carlos Martínez Bujanda en Finca Valpiedra, una preciosidad de finca situada en uno de los meandros del río Ebro.

Nos conocemos desde hace muchos años, de la época en que vivíamos en Logroño, pero además coincidimos en Grandes Pagos de España, pues ambos pertenecemos a la Asociación y compartimos la misma filosofía de terroir y de calidad. Es un magnífico amigo y un gran empresario.

Llegamos en un día de nieve y frío, pero aún así pudimos admirar el paisaje y ver bien los suelos porque empezó a llover y se despejó la nieve. La finca está dividida principalmente en 3 terrazas y se pueden observar los diferentes terruños con solo mirarlos. Tienen suelos más arenosos y suelos con cantos rodados, menos frecuentes en Rioja. Cultivan tempranillo, graciano, maturana tinta y garnacha tinta. Y, como nosotros, de momento elaboran únicamente dos vinos: Finca Valpiedra y Cantos de Valpiedra.

Fue todo un lujo escuchar las explicaciones de Lauren Rosillo, el enólogo, que transmite su pasión como si fuera de la familia.

Nos hicieron una cata de las nuevas añadas y de las que están en el mercado actualmente y disfrutamos un montón y, para terminar, disfrutamos de una comida magnífica en el comedor de la bodega. ¡Miles de gracias, Carlos y Ana!

Ir a la Rioja no es solo visitar viñedos y bodegas, es también disfrutar de la huerta riojana, sin duda de las mejores de España, como en el Iruña, en la calle Laurel, donde cenamos con Carlos y Ana. Las alcachofas, la menestra, el cardo, la borraja… es toda una experiencia que apreciamos todos pese a haber comido divinamente hacía unas horas.

El segundo día teníamos la visita a López de Heredia, una de las bodegas centenarias de visita obligada para comprender la historia de la Rioja. Mª José López de Heredia no estaba, pero nos organizó una visita magnífica con Elvira, su persona de confianza, que nos enseñó también los viñedos pese a la lluvia y el viento de esa mañana.

Fue como dar un paseo por la historia de la Rioja y de Haro, de las primeras bodegas que se fundaron allí: ver esos pasadizos centenarios, esas telarañas que tienen protegidas para que luchen contra la polilla, esas criptas diferenciadas… Rafael López de Heredia, el fundador y bisabuelo de los que hoy en día dirigen la bodega, fue un visionario y un apasionado de este mundo y su huella se percibe en todos los rincones.

Nada más llegar se ve la mezcla de tradición y modernidad con la tienda realizada por la arquitecta iraquí Zaha Hadid, que representa una frasca y, en su interior, el stand de 1910 que se hizo para la Expo Universal de Bruselas; el contraste es espectacular. O la torre-mirador, o la galería que unía la casa de Rafael López de Heredia con la bodega…  Todo es único.

La sala de catas, también magnífica, tiene el mostrador de la primera tienda que hubo de López de Heredia. Y tienen su propia tonelería, con sus herramientas antiguas, algunas de ellas aún en uso, como nos mostró uno de los toneleros…

En fin, fue una visita maravillosa y creo que todos disfrutamos muchísimo de la cata; Elvira nos sacó unos blancos y tintos de añadas antiguas, que nos hicieron soñar y entender la importancia del paso del tiempo en los grandes vinos de Rioja.

Después de la visita nos fuimos a Ezcaray para comer en Echaurren, en el comedor tradicional, y continuar así probando la gastronomía de la zona; qué mejor que la cocina de Francis Paniego para disfrutar de una buena muestra. Aparte de otros vinos riojanos, nos tomamos la última botella de María 2003 que les quedaba (guardan añadas antiguas de muchos vinos), todo un lujo del que ya no disfrutamos a menudo porque apenas nos quedan botellas de esa añada.

De noche ya nos encantó volver también a la calle Laurel, a tomar los platillos típicos de Logroño desde hace siglos: la tortilla de patatas con picante, el pincho de champiñones con gambas, la ensalada de tomate y ventresca… ¡no ha cambiado nada en 30 años!

El tercer y último día visitamos Marqués de Murrieta, donde pudimos empaparnos de nuevo de tradición pero, sobre todo, nos impresión la modernidad. Es como un museo, decorado a la última por los mejores interioristas y con un exterior maravilloso, rodeado de jardines. Y de nuevo, nos atendieron de maravilla, gracias a Vicente Cebrián, que lo había organizado a la perfección.

Visitamos primero la viña con Miguel, el encargado del campo, que nos explicó con detalle todos los trabajos que realizan en los viñedos y de dónde sale cada vino; paseamos después por la bodega, con su museo dedicado a Vicente Cebrián padre, de cuyo legado se sienten increíblemente orgullosos su mujer y sus hijos Vicente y Cristina, al frente del negocio hoy en día.

Después de visitarlo todo a conciencia, nos hicieron una cata magnífica de todos los vinos en una sala de catas maravillosa cuya modernidad contrastaba con la sala de catas del día anterior en López de Heredia.

Tras esta última visita, finalizamos nuestro viaje comiendo en el Hostal Landa, en Burgos, y brindamos con Rioja por la continuación de estos viajes que a todos nos enriquecen mucho.

¿El próximo? ¡En unos meses empezaremos a prepararlo!

-María